
A veces el pasado llama a tu puerta y se cuela en tu vida sin avisar. Han pasado más de diez años y te crees inmune a los recuerdos; el dolor ha ido dejando paso a una herida que nunca acaba de cicatrizar, que da tirones de vez en cuando, pero ya no te mata. Dejaste atrás esos montones de cartas dramáticas y poemas que le escribiste, juraste que sobrevivirías a la promesa que hiciste de que sería por siempre el amor de tu vida, que no le olvidarías. Rezaste para dejar de pensar en él, pero también para que él no dejase de pensar en ti. Perdiste la batalla de un amor lleno de situaciones incomprensibles, de mentiras que pasaste por alto porque querías seguir creyendo en él, de besos que no diste y palabras que no dijiste. Presuntos amigos que no lo eran y una historia sin pies ni cabeza con un fantasma en medio: él. Era y no era. Y yo lo quise a morir.
Después de tantos años de no saber, de cientos de preguntas sin respuesta lanzadas al aire, de haberme resignado a ser la idiota que hizo el más absoluto de los ridículos queriéndole, aparece de nuevo a través de la red. Hablamos poco, un par de mensajes sin ninguna información importante, los dos a la defensiva. El fantasma ha vuelto a entrar en mi vida, no sé con cuál de sus dos caras.
El fue un cobarde y yo una ingenua, y ha pasado demasiado tiempo; le he dado mi amor a otro, un hombre de verdad, alguien que de verdad lo merece. Nuestro tiempo, si es que alguna vez fué, ya pasó, y yo soy feliz en la vida que me he construido sin él. Pero su vuelta hace que algunas cosas dentro de mí se remuevan, algunos puntos de la herida han abierto.
Quisiera un perdón, quisiera saber, quisiera una compensación a mi orgullo herido, pero no voy a pedirlos. Puedo seguir viviendo sin ellos, ya no son tan importantes. Ahora tengo lo que me merezco, Maruxiño, Gorrión. El, que al final resultó ser tan sólo un fantasma, no me mereció nunca.
El engaño
Soy tuya, Dios lo sabe por qué, ya que comprendo
que habrás de abandonarme, fríamente, mañana,
y que bajo el encanto de mis ojos, te gana
otro encanto el deseo, pero no me defiendo.
Espero que esto un día cualquiera se concluya,
pues intuyo, al instante, lo que piensas o quieres.
Con voz indiferente te hablo de otras mujeres
y hasta ensayo el elogio de alguna que fue tuya.
Pero tú sabes menos que yo, y algo orgulloso
de que te pertenezca, en tu juego engañoso
persistes, con un aire de actor del papel dueño.
Yo te miro callada con mi dulce sonrisa
y cuando te entusiasmas, pienso: no te des prisa.
No eres tú el que me engaña;
quien me engaña es mi sueño.
Alfonsina Storni