
Pues pasó lo que tenía que pasar. No fue la niebla que cubría la ciudad de la mañana a la noche y no dejaba ver el sol; tampoco el intenso frío que te cortaba la cara y que hacía que una se pensase mucho el bajar a la calle; no fue la desazón de pensar en los que ya no están, y en los que se quedaron a 800 km de distancia.
Fue la soberbia, el odio acumulado durante 8 años y que se manifiesta en cada comentario, las críticas mal veladas a lo que haces y lo que dices. Fue el querer todavía más, el pensar que la humillación debe ser continua para conservar el ego henchido. Fue el diablo disfrazado de mujer.
Y yo no pude más, y Maruxiño no pudo más. Nos hemos vuelto sabiendo que no vamos a regresar, que no voy a volver a pisar esa casa que respira maldad con mi niño.
He dicho lo que tenía que decir, con mucho más respeto del que me mostraron a mí en estos años; saqué el carácter y las garras y no me arrepiento de ello. Aplasté los insultos y las descalificaciones con mis palabras llenas de verdad y la fiera enloqueció. No consiguió nada.
Este fin de año, horribilis al fin y al cabo, lo vamos a celebrar con los que nos quieren de verdad, a los tres. Los mismos que respetan nuestras decisiones aunque no compartan algunas, los que no intentan malmeter en nuestra vida, los que muestran respeto, educación y no insultan gratuitamente.
Comenzaremos el año 2009 donde no puede alcanzarnos el tridente del diablo, porque entre la gente que te quiere de verdad, la maldad es siempre estéril.

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