
Llueve. El cielo tiene un color tan gris que parece acero. El aire huele a humedad y a tristeza. Las gaviotas revolotean sobre los tejados mojados buscando algún resto que echarse a la boca, hoy no hay turistas en las terrazas para alimentarlas.
Mi niño y mi marido duermen, no hay nada que hacer urgente a la vista. La casa , levemente desordenada y un punto fría a pesar de la calefacción. El cuerpo me pide un té caliente y una manta en las rodillas. La mente me pide tiempo para organizar la vida, que aunque adormilada sigue; la casa, el trabajo de las clases de patchwork, sacar una hora para ir al gimnasio, hacer unas magdalenas…. La hora de volver al trabajo se acerca.
No tengo ganas. Y no porque mi vida en casa sea perfecta. Además ahora soy la única “en activo” de la familia gracias a la crisis y al “interés” del empresariado gallego en tener en nómina a ingenieros cualificados que aporten algo de progreso a esta tierra olvidada de todos, principalmente de los que viven en ella y a costa de ella, pero bueno, eso es otro tema.
El caso es que me resisto a volver a la rutina laboral. Al infierno de horas encerrada entre cuatro paredes consultando presuntos enfermos, que en su mayor parte no son sino personajes cómodos y maleducados que no quieren esperar su vez para que alguien vea que les pica el dedo del pie. Y pocos medios y muchísima imaginación para los que de verdad sufren…..tardes y noches y a veces días enteros en los que te sientes como el cielo de hoy, como el acero. No hay fines de semana, ni festivos, a veces ni vacaciones.
El sueldo no te compensa el malhumor, los días señalados que te pierdes, el comerte los sentimientos, las amenazas de los desaprensivos, la falta de cualquier tipo de conciliación. Me digo muchas veces que yo no estudié para esto, que no puede ser que tantos años de sacrificio se vayan a quedar tras las cortinas de un Servicio de Urgencias haciendo un trabajo para el que no tengo ni ganas ni estómago.
Y luego me repito que tengo mucha suerte, que ya les gustaría a muchos estar en mi lugar, sobre todo en estos momentos de incertidumbre. Es un buen trabajo, duro, desagradecido, esclavo…pero es un buen trabajo.
Para cuando llegue a casa y me vuelva el color a los ojos, tengo el calor de mis dos hombres que me esperan, y el aroma del té calentito con galletas y mis libros y mi costura.
Todavía queda mucho para eso. Llueve.
Mi niño y mi marido duermen, no hay nada que hacer urgente a la vista. La casa , levemente desordenada y un punto fría a pesar de la calefacción. El cuerpo me pide un té caliente y una manta en las rodillas. La mente me pide tiempo para organizar la vida, que aunque adormilada sigue; la casa, el trabajo de las clases de patchwork, sacar una hora para ir al gimnasio, hacer unas magdalenas…. La hora de volver al trabajo se acerca.
No tengo ganas. Y no porque mi vida en casa sea perfecta. Además ahora soy la única “en activo” de la familia gracias a la crisis y al “interés” del empresariado gallego en tener en nómina a ingenieros cualificados que aporten algo de progreso a esta tierra olvidada de todos, principalmente de los que viven en ella y a costa de ella, pero bueno, eso es otro tema.
El caso es que me resisto a volver a la rutina laboral. Al infierno de horas encerrada entre cuatro paredes consultando presuntos enfermos, que en su mayor parte no son sino personajes cómodos y maleducados que no quieren esperar su vez para que alguien vea que les pica el dedo del pie. Y pocos medios y muchísima imaginación para los que de verdad sufren…..tardes y noches y a veces días enteros en los que te sientes como el cielo de hoy, como el acero. No hay fines de semana, ni festivos, a veces ni vacaciones.
El sueldo no te compensa el malhumor, los días señalados que te pierdes, el comerte los sentimientos, las amenazas de los desaprensivos, la falta de cualquier tipo de conciliación. Me digo muchas veces que yo no estudié para esto, que no puede ser que tantos años de sacrificio se vayan a quedar tras las cortinas de un Servicio de Urgencias haciendo un trabajo para el que no tengo ni ganas ni estómago.
Y luego me repito que tengo mucha suerte, que ya les gustaría a muchos estar en mi lugar, sobre todo en estos momentos de incertidumbre. Es un buen trabajo, duro, desagradecido, esclavo…pero es un buen trabajo.
Para cuando llegue a casa y me vuelva el color a los ojos, tengo el calor de mis dos hombres que me esperan, y el aroma del té calentito con galletas y mis libros y mi costura.
Todavía queda mucho para eso. Llueve.

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